viernes, 25 de marzo de 2016

Granada y su ruta del rock efeeme.com



En el certamen ‘Granada Calling’ bandas sin disco editado gozarán de la oportunidad de actuar cada mes con todos los medios técnicos sufragados por el Ayuntamiento”

Tras muchos años siendo una de las canteras más destacadas del rock patrio, la ciudad de Granada saca pecho y dibuja una ruta por los locales que forman parte de su historia musical. Un reportaje de Eduardo Tébar.


Texto: EDUARDO TÉBAR.
Fotos: EDUARDO TÉBAR / JUAN JESÚS GARCÍA.


Más de medio siglo: Miguel Ríos, 091, Enrique Morente, Lagartija Nick, Los Planetas, Niños Mutantes, Lori Meyers… Cuesta creerlo desde fuera, pero la potente escena musical de Granada no es fruto de un plan maestro trazado por empresarios y políticos en un despacho. Tampoco surge en un ambiente permisivo. Ni se trata de una ciudad donde todos reman de forma autómata para el mismo lado. Al contrario: el circuito de salas, promotores, hosteleros y artistas ha luchado durante décadas con permanentes palos en las ruedas. Multas, cierres, reformas y limitadores de sonido han herido de muerte a numerosos locales, tanto jóvenes como históricos, que dinamizan la vida cultural de la capital andaluza. Lo decía José Ignacio Lapido en una entrevista reciente: “El rock en Granada lleva funcionando cuarenta años de espaldas a las instituciones”.
En Granada, la ciudad de los 60.000 universitarios, el sector de la música representa un notable tejido laboral. Sin embargo, los años duros de la crisis se han saldado con abundante fuga de talentos y la desaparición de espacios como La Telonera, donde Jerry González modelaba su jazz afrocubano con flamencos del Sacromonte, o la Who, una sala de rock de dos plantas en la que podías ver un lunes a una banda de garaje de Estados Unidos, una sesión de disc jockey a cargo de Wendy James y seguir los primeros pasos de Guadalupe Plata. Especialmente sensibles han resultado los cierres de estos meses: Pícaro, Tornado Club, La Percha o Polaroid, por citar algunos emblemas abocados a echar la persiana. Lo que se vivió entre aquellas paredes dará, quién sabe, para novelar los ensayos musicales de mañana. Porque todo y todos pasaron por allí.
“Nos pasábamos la vida escuchando música dentro de los pubs”, recuerda Nani Castañeda, batería de Niños Mutantes, que coordina el proyecto ‘Granada Ciudad del Rock’. Una iniciativa con afán de reflote, respaldada por primera vez por el Ayuntamiento —a través de las áreas de Cultura y Turismo—, que pretende aprovechar el prestigio de la ciudad como referente musical para inyectar aire a sus agentes y atraer “turismo de calidad”. Conviene matizar que, aunque la Alhambra es el monumento más visitado de España, el viajero medio no suele pernoctar en la capital nazarí. Antonio Arias, siempre ocurrente, improvisa una de sus teorías: “Si no quieren dormir, ¡qué mejor que abrir los bares!”.

Consenso entre las partes
La rueda de prensa de presentación de ‘GRX R&R’ evidenció un cambio de actitud insólito hasta la fecha, puesto que existe unanimidad en los partidos políticos, menos exaltados ahora, tras las elecciones municipales. “La ley autonómica lleva catorce años y medio prohibiendo las actuaciones. En el municipio, a través de Medio Ambiente, se ha perseguido en exceso a los pubs y promotores de conciertos. Nunca hubo diálogo ni entendimiento. Ahora hay un proyecto consensuado con mucha gente del sector”, argumenta Nani. Con todo, la apuesta de ‘Granada Ciudad del Rock’ siembra recelo. El gremio se divide entre el entusiasmo por corregir errores atávicos y los escépticos que no creen en una ruta “underground” para turistas mientras la normativa oprime la presencia de la música en los bares. Contemplar al concejal de Cultura de la última década (PP) en Planta Baja, la catedral de la escena granadina, con la camiseta que reza “Granada Ciudad del Rock”, fue un espejismo similar al de Obama paseando por La Habana.
“El presente es muy duro para la música en Granada”, añade Castañeda. “Tenemos bares en los que la música apenas puede sonar, con limitadores excesivos. Mientras tanto, hay tiendas de ropa en las que la música suena a unos decibelios que ningún vecino soportaría. Así es imposible. Si entras en un pub en el que hay cuarenta personas y no se oye la música, lo normal es que aquello se convierta en un aburrimiento. Mientras no cambiemos eso, será muy complejo que cambiemos todo lo demás”, admite. ‘Granada Ciudad del Rock’ nace con la voluntad mantener una mesa de diálogo abierta. “Llevaremos a cabo un seguimiento del borrador presentado por el PSOE en Sevilla, que a su vez deberá entenderse con Medio Ambiente del Ayuntamiento de Granada. El Ayuntamiento somos todos, independientemente de quién lo gobierne. Tenemos que recuperar la cultura del pop y del rock que tantos beneficios le ha dado a esta ciudad y que estamos perdiendo”.
Antonio Arias en la mítica tienda de discos Bora Bora.
Cierto, Granada ha menguado. Hoy dista de aquellas programaciones y contraprogramaciones frenéticas: con más de 10.000 conciertos al año, llegó a ser un hervidero de música y músicos por metro cuadrado. Una escena que se retroalimenta con la universidad, los poetas, los científicos y las artes plásticas. Y con un trasfondo de sordidez y aspereza. Como sucede con el SO36 de Berlín, la música en vivo en Granada se ha profesionalizado trabajando el doble. “Guardo una guía de la historia de la música en Manchester. La ofrecen en las oficinas de turismo. Hay otra en Liverpool. Y otra en Londres. Si lo hacen los británicos, mola. ¿Si lo hacemos en Granada no mola? En Memphis existe otra guía. Yo creo que con esto se refuerza la idea de que Granada es una gran ciudad musical. Esta ruta está pensada para que los visitantes descubran la realidad cultural y musical de Granada”, insiste Nani.

Lugares insignes
El batería de Niños Mutantes ha ideado ‘Granada Ciudad del Rock’ con Ángel Lozano, uno de los propietarios del club Polaroid, bastión del pop alternativo en la ciudad, que anunció su cierre el 24 de febrero. El plan contempla la ruta turística ‘GRX R&R’, que señaliza los “lugares insignes” de la música granadina. “Son sitios donde el visitante puede encontrarse con las figuras de la escena musical granadina, escuchar la música que a todos les inspiró e incluso la música de esos artistas, o comprar discos donde los compran ellos”, apuntan. Las placas muestran una breve semblanza con la idiosincrasia artística del establecimiento. “Fue aquí donde se fraguó el legendario ‘Omega’ de Lagartija Nick y Morente”, saluda la insignia en la puerta de La Porrona, en una bella terraza del Albaicín. Una web específica, visible en la página de Turismo del Ayuntamiento de Granada, informará de la agenda musical de la ciudad y del contenido del itinerario melómano. Del mismo modo, se pondrán en marcha los canales de ‘Música made in Granada’ en Spotify y YouTube.
La concejalía de Cultura apoyará económicamente el concurso ‘Emergentes’, de grupos maqueteros, que cada primavera se celebra en la sala Planta Baja y del que han salido formaciones como Aurora, Royal Mail, Éter y Perro Mojado. Además, ‘Granada Ciudad del Rock’ estrena un nuevo certamen con guiño a Joe Strummer, ‘Granada Calling’, en el que bandas sin disco editado gozarán de la oportunidad de actuar cada mes en recintos como Planta Baja, Boogaclub, La Expositiva o La Sala con todos los medios técnicos sufragados por el Ayuntamiento. Este ciclo itinerante arrancará en octubre y prevé cerrar cada año casi a modo de festival con todos los nombres participantes en las dos salas de mayor aforo: Industrial Copera y El Tren. “Una banda novel, como lo era yo hace veinte años, no puede asumir el coste de una sala”, apostilla Nani Castañeda.
Entrega de la Púa de Plata a la familia Arias, en homenaje a Jesús Arias.

Hace tiempo que el rock entró en fase de museificación. Sobre las seis décadas de guitarras eléctricas en la ciudad trata la película documental ‘En Granada es posible’, que este mes forma parte de la cartelera del FICG (Festival Internacional de Cine en Guadalajara), en México. ‘Granada Ciudad del Rock’, por su lado, crea un premio anual honorífico a personajes relevantes de su escena musical, o relacionados con ella, “en agradecimiento a su dedicación y aportación”, que otorga el Ayuntamiento a propuesta del colectivo musical y sus interlocutores. La familia Arias recibió la primera Púa de Plata, el pasado 16 de marzo en el Centro Federico García Lorca. Los hermanos Antonio y José Ángel homenajearon a Jesús, fallecido en diciembre, recreando con ruido minimalista pasajes de TNT, Qüasar y el ‘Vuelta de paseo’ de “Omega”. También sobrecogió al auditorio la lectura de Luis García Montero, que recuperó —en cinco minutos que se hacen un mundo— el poema ‘Coplas a la muerte de su colega’. La adaptación en clave de punk sinfónico de TNT, en el hoy cotizadísimo split “Rimado de ciudad” (1983), compartido en su época con Magic, aceleró la detonación de una ciudad que nunca ha parado de producir grupos de rock.
La denominación de origen ‘GRX R&R’ propone la experiencia de comprar discos y viñetas en un puntal del cómic en Andalucía (Subterránea); tapear escrutando vinilos (Loop Bar & Records); visitar una escuela de rock donde los profesores tocan en las bandas de Loquillo o Lapido (Gabba Hey); tomar café donde brotó la corriente poética más audaz en los ochenta (La Tertulia); probar las setas y alcachofas de un coleccionista musical exquisito (El Catavinos); echar unas risas con el batería de Los Planetas en su coqueta galería de recuerdos (El Bar de Eric); o intercambiar vinos y querencias culinarias con los artistas más reconocidos de Graná (Papaupa, Bar Soria, La Bella Kurva, Botánico, Torcuato…). Pero en EFE EME anticipamos una ruta por los pilares de la escena granadina.
Víctor Lapido (091, Grupo de Expertos Solynieve) está al frente de la gestión del mítico Ruido Rosa.

Ruido Rosa
“Es donde siempre acabamos”. La mayoría de los músicos de Granada responden así cuando se les pregunta por el Ruido Rosa. También es el espacio donde muchos grupos empiezan. Entre cervezas, vinilos de Bo Diddley y pósteres de 13th Floor Elevators o los Byrds, el garito de la calle Sol lleva 29 años acogiendo a toda clase de artistas de la ciudad. Integrantes de bandas, escritores, cineastas, diseñadores y periodistas. El sector más inquieto del ámbito cultural granadino encuentra un refugio en el Ruido, famoso por sus escalerillas en descenso al hedonismo. En ese oasis del subsuelo, bandas como 091, Lagartija Nick, Los Planetas, Niños Mutantes o Lori Meyers intercambian opiniones sobre sus conciertos y comentan los últimos discos que han escuchado. Incluso invaden la cabina para poner canciones. En ningún otro espacio de este país se podrían catar las grabaciones en proceso de cocina de Grupo de Expertos Solynieve. Al frente de la gestión se encuentra el guitarrista Víctor Lapido, ahora ocupado con la gira de Los Cero.
En asilo nocturno, formaciones de éxito masivo y otras de repercusión local coinciden en que el pub representa un eje fundamental en la afición al rock. Conviven paladares refinados, con pasión por los sesenta y los setenta. Los hermanos García Lapido —Javier, José Ignacio y Víctor— y Tacho González, el núcleo de 091, abrieron el Ruido Rosa en noviembre de 1987. Entre los socios fundadores se encontraba el manager que compartieron con Enrique Morente, Paco Ramírez. ‘Chico’ Lapido tomó las riendas como propietario único en el año 2000. “Aquí se han escuchado maquetas de Lagartija Nick o Lori Meyers antes que en ningún otro sitio”, sostiene. Es más: Noni, cantante de los Lori, trabajó como camarero y pinchadiscos cuando aún era imberbe.
“Estuve presente el día de la inauguración del Ruido. Entonces tenía 17 años”. Afirma que solo les interesa la calidad. “Si tuviera que resumirlo de alguna manera, diría que lo nuestro es la música de guitarras. Aquí se han oído antes que en ninguna otra parte algunas maquetas de 091, Lagartija Nick o Lori Meyers”.
Actuación sorpresa de Nacho Vegas en Peatón, en el verano de 2003.

Peatón
Han pasado cuarenta años desde que el fotógrafo Ian McMillan colocó la cámara en medio de la calzada de la céntrica calle londinense Abbey Road. Trataba de zanjar con rapidez la portada del disco de los Beatles que lleva el mismo nombre. Nadie, ni el operador ni los entonces hastiados Fab Four, se imaginaban que su última grabación de estudio –los temas de “Let it be” (1970) se registraron con anterioridad– pasaría a la eternidad. En realidad, esa estampa emblemática surgió de la pereza mental de Lennon, McCartney, Harrison y Ringo, a los que no se les ocurría ninguna idea bizarra estilo “Stg. Peppers”. Piruetas del destino, la fotografía de McMillan ha provocado incontables imitaciones. Algunas de lo más pintorescas, como los Red Hot Chili Peppers atravesando la vía en pelotas, ocultando su miembro viril en calcetines de nailon. En Granada, sin embargo, la cubierta del álbum de los Beatles remite de forma directa a Peatón. El histórico pub, destino obligado para los amantes del rock clásico y el power-pop de alto copete, está regentado por la familia Mamá Baker y, por tanto, es el hogar de Niños Mutantes.
Fundado en 1992, mientras el grunge marcaba el ritmo del panorama rockero mundial, el bar no tardó en convertirse en un auténtico refugio para sibaritas del vinilo. Un centro de reunión para músicos de la ciudad y universitarios avezados en la materia. Sus parroquianos siempre le han encontrado un punto similar al de la serie “Cheers”. Por su barra han compartido tertulias los integrantes de Lagartija Nick, 091, Recargables, Lori Meyers, Niños Mutantes, Mamá Baker, Los Planetas, Elastic Band o Posies. La historia del Peatón está plagada de anécdotas que bien facilitarían la elaboración de un tomo: las actuaciones por sorpresa de Quique González o Nacho Vegas en sus años mozos, las fiestas de Navidades Blancas con José Ignacio Lapido, las bacanales de vino y rock…
Jorge, líder de Doctor Explosion, con sus travesuras en Planta Baja, en 2010.

Planta Baja
Todo el mundo la conoce. En Sevilla, en Madrid, en Barcelona. Allá donde uno viaja, los melómanos del país reconocen la solera de la sala granadina por excelencia. El equivalente sureño de El Sol. Los músicos españoles subrayan su paso por este escenario en los dosieres. Los artistas internacionales aprueban tocar en ella tras observar el abrumador glosario de nombres de prestigio que la han tratado. Y los estudiantes, ansiosos de burbujeo nocturno, escogen la Universidad de Granada seducidos por la fama del local de la calle Horno de Abad. Definitivamente, Planta Baja es el gran albergue de conciertos e iniciativas culturales en la ciudad. Referente absoluto en Andalucía y punto cardinal en la piel del toro. Diversas generaciones de la escena granadina han echado los dientes en el Planta.
Los veteranos recuerdan aquella primera etapa, la de los ochenta, con ubicación en la calle Obispo Hurtado. Por entonces, el establecimiento no acogía actuaciones. Sin embargo, ya edificaba su perfil de bastión insurrecto: su pionero, Juan Planta, ejercía de aglutinante de la modernidad. Volaba todos los meses a Londres y volvía con todas las novedades. Mientras Tierno Galván agitaba el Madrid de La Movida con invitaciones a colocarse, el Planta recibía a activistas de izquierdas, creadores plásticos, poetas y músicos. Por ahí desfilaron los primigenios del punk granadino y los impulsores de los fanzines. El ‘O Superman’ de Laurie Anderson daba el toque de queda como sintonía de cierre.
El Planta no ha perdido el espíritu contracultural. En los noventa, convertido al formato de sala de conciertos en Horno de Abad, incrementó el estatus de “zeitgeist” en Granada. Aquí empezaron a escuchar a Televisión Personalities y a dar guitarrazos Los Subterráneos, antes de popularizarse bajo el rótulo de Los Planetas. Resulta imposible tropezar con un melómano que no haya visto el concierto de su vida apoyado en la gruesa columna de abajo. Existe unanimidad al afirmar que la tenue luminosidad del sitio refuerza la complicidad con el artista, la sensación de encuentro íntimo y cercano. Gigantes del ámbito alternativo en Estados Unidos se han prodigado en el Planta. Figuras como Elliot Murphy, Will Oldham, The Cynics, The Posies o Paul Collins. Iconos intergeneracionales como Jonathan Richman, Luis Alberto Spinetta o Dominique A. El debut en solitario de un desconocido Nacho Vegas. El líder de Tokyo Sex Destruction bailando en la barra. Las jaranas de Fleshtones o Doctor Explosion.
Los integrantes de Eskorzo adquirieron la sala en 2005. Al capital musical sumaron las exposiciones, el teatro y las sesiones paralelas de Dj en ambas plantas. En 2009, su programación contemplaba unas 150 actividades por temporada. Tony Moreno, el cantante de Eskorzo, repite el mismo discurso desde hace más de una década: “Pretendemos seguir los ejemplos de Berlín o Londres, atraer el ocio cultural y a los universitarios. Enriquecemos la ciudad y nos tienen muy bien vistos fuera”.
Jarana en la cabina de leopardo del Afrodisia, con David Alguacil, Al Supersonic, Pepegu, Lobezno, Charlie Faber y Javi Frías.

Afrodisia
James Brown solía decir que en la negritud radica el frenesí musical. Con esa misma filosofía, dos apasionados de los singles en vinilo de Stax y la Motown se liaron la manta a la cabeza a principios de este siglo. Corría el año 2001 y nadie en la ciudad había apostado por los sonidos afroamericanos. Predicaban en el desierto. En la actualidad, el Afrodisia es un club de referencia obligada en el circuito europeo. Un amplio abanico de djs de prestigio internacional visitan a menudo la cabina. El púlpito de los alquimistas de los surcos, que ejercen de monarcas donde la pista de baile representa todo un reino.
Los padres de la iniciativa tenían las ideas claras. Buscaban el perfecto clima de nocturnidad, hedonismo y meneo. El músico bajista de Eskorzo, José Gustavo Cabrerizo, más conocido como ‘Pepegu’, y el también pinchadiscos Isidro Sánchez, popular por el pseudónimo de Sr. Lobezno, crearon un local diferente. Funk, jazz, soul, afrobeat, reggae, dancehall, boogaloo, hip hop… La variedad está servida. Los socios rememoran noches imborrables con los directores de los mejores sellos europeos a los platos. Los británicos Gerald Short (Jazzman Records), Eddie Piller (Acid Jazz), Hugo Mendez (Soundway) o Snowboy, auténticos catedráticos en la materia; así como figuras con maletines llenos de gemas procedentes de diferentes puntos del continente: Florian Keller (Compost Records), Henry Storch (Unique Records), Nick (Records Kicks) o Ekkhart Fleishhammer (Sonorama). Mención aparte se merecen los representates de la selecta escudería de Freestyle Records. Las fiestas con The Snugs o Graham B sacudieron a la clientela con verdaderos ejercicios de investigación de los ritmos ácidos y brasileños. Exigencia no falta. En los años de apogeo, recibían a diario emails de djs que deseaban pinchar en Afrodisia. El gurú del afrobeat en España, Dj Floro, o el editor de la revista Enlace Funk, Miguel Ángel Sutil. Ningún capo de este mundillo ha dejado de conocer Granada a través de este templo de la negritud.
Fiesta con Los Malignos y Los Twangs en Boogaclub, en 2008.

Boogaclub
Luces de color y música negra. Pista diáfana para mover el esqueleto. Copas, escenario y bandas que exprimen el sudor del público como un limón. Un sonido de alta gama. Así despunta el alba en el Boogaclub. Hay situaciones en la vida que solo se pueden vivir por la noche. La clientela pertenece a la categoría de los crápulas que predican aquello de que “el arte es largo, pero la vida es corta”. Las veladas en la sala situada en la calle Santa Bárbara desbordan frenesí y movimiento. Quienes bajan sus escalerillas, tardan en subir. Allí dentro, los rastreadores de cultura y parranda encuentran un verdadero paraíso. El local cumple diez años caldeando las juergas de numerosos aficionados a la música negra. Entre sus fieles, instrumentistas de todo pelaje, público local y erasmus calaveras.
Es un referente en la Europa de los ritmos afroamericanos. La madrugada ofrece un ramillete de experiencias a partir de las cuatro. Y el Booga trata de estirarlas. La discoteca concentra sin pudor y de manera abierta un amplísimo menú musical. Funk, reggae, soul, jazz, broken beat, hip hop… Y los lunes, con las sesiones del rockero más castizo de la ciudad: Paco Burgos. Por su escenario han desfilado gigantes del reggae primigenio como los holandeses New Cool Collective, One Night Band o el transalpino Mr. T-Bone. Jazzistas de guante blanco como Vince Benedetti o máquinas feroces del meneo como The Cherry Boppers, The Soul Snatchers o The New Master Sounds. ¿Noches legendarias? Caramelo de Cuba y el percusionista puertorriqueño Giovanni Hidalgo. Raimundo Amador improvisando una “jam” de los domingos con el guitarrista israelí Dan Ben Lior. Los dioses del garaje nacional en el ciclo ‘Great Googa Mooga!’. Aquellas noches de Reyes Magos con Roy Ellis. O Evan Dando en recital íntimo.
Concierto de Hora Zulú en El Tren, en 2010.
El Tren
El Tren es la segunda sala de Granada en tamaño. A punto de llegar a los quince años de trayectoria, sus hechuras de 350 metros cuadrados apabullan hasta a los mismísimos Teenage Fanclub. “Pinchar canciones en un espacio tan grande y diáfano impone a cualquiera”, confesaba Charlie Faber, locutor de Radio 3, tras una sesión en la cabina. Figuras punteras del rock español y anglosajón, rimadores temibles del hip hop, liturgias de electrónica o bombeantes ceremonias de funk. La historia de El Tren se remonta a 2003. Hoy, la sala goza de popularidad y prestigio en todo el país. Entre otros méritos, por sus aplaudidas condiciones acústicas.
El llenazo de Vetusta Morla en 2008 sirvió de medida para entender que el grupo madrileño tomaba el mando del indie de masas. Ese año, Antonio Vega regaló una actuación enérgica a pesar de su salud. Como un adiós en clave. ¿Hitos en el recuerdo? Steven Adler, el batería del “Appetite for destruction” de Guns N’ Roses. El rock and roll literario de Elliot Murphy. El garaje de Fuzztones. El reencuentro de Paul Collins con sus amigos de 091. Las navidades con Hora Zulú. Kiko Veneno con J de Los Planetas. O los Bellrays en apoteosis tras la victoria de España ante Grecia en la Eurocopa de 2008. ¡Y el Mono Burgos! Y Sex Museum uniendo sus fuerzas a los Dictators de Nueva York. Barón Rojo, Obús, Burning… La lista da vértigo. Y los raíles del rock siguen su curso
Apoteosis de Machine Head en la nueva Industrial Copera, en 2016.

Industrial Copera
La sala más grande de Granada vive una segunda juventud, en su actual ubicación en La Zubia, tras un cuarto de siglo de conciertos gigantes y una merecida reputación en el marco internacional de la música electrónica. Uno recuerda el hallazgo de Tony Wilson, el periodista y empresario de Manchester que impulsó a Joy Division, New Order y Happy Mondays. La Copera rezuma ese furor galvanizado del The Hacienda británico. ¿El secreto? La alquimia sagrada del Dj. Ese hechicero que no toca música: la pone, la mezcla y la manipula. Los responsables de la nueva Revert Industrial Copera tomaron nota en 1992, cuando decidieron adoptar el modelo en Granada. El glosario de figuras que han girado platos en su escenario produce espasmos. Genios de la música plástica que, de no ser por la Copera, jamás hubiesen llegado con su maleta de discos a la ciudad. La estampa del Richie Hawtin, uno de los padres del “minimal”, en el altar del ritmo representa el numen de la felicidad: un tipo que dispara sonidos y contagia a 1.700 almas de buenas vibraciones. En la memoria de los asiduos a la sala también brilla el recuerdo del malogrado Sideral, gran impulsor de la cultura de club barcelonesa, que aumenta el catálogo de nombres que han pisado la Copera, como Ricardo Villalobos o el camaleónico Mathew Herbert. “Nuestro éxito se debe a la cons-tancia. No hemos parado de trabajar la vanguardia de todos los estilos”, comenta Junior, su responsable. En sus tiempos dorados, acogía a 2.000 personas cada fin de semana. Y nada de tumefacción guiri: el 90% eran seguidores andaluces.
Junior expresa satisfacción por ver la Copera convertida en un referente de la electrónica, como Razzmatazz y Nit-sa en Barcelona, o La Barraca en Valencia. Por otra parte, se ha labrado la fama en su faceta de sala de conciertos, principalmente con actuaciones de grupos de rock, pop, hip hop y mestizaje. Hace diez años, un vetusto y orondo Eric Burdon sentaba cátedra en esas tablas, igual que Billy Preston, poco antes de morir. La Bersuit argentina, los Wailers, Yann Tiersen, Ladytron, Nada Surf, Interpol…
La clientela multicultural del Patapalo vive cada noche como si no hubiera mañana.

Patapalo
“Pata Palo era un pirata malo”, cantaba Kiko Veneno. Quizá pensaba en algún filibustero patán de los que protagonizan páginas en los libros de aventuras. O en el corsario tuerto de un cómic. Lo que resulta menos probable es que se imaginaran al personaje de la canción en el rótulo de un bar. Un garito que corona veladas entre un mosaico de banderas: la juerga de la multiculturalidad. Los 32 años de singladura del Patapalo dan para mucho. “La gente alternativa que viene en Semana Santa o en vacaciones visita el local porque en él encuentran una oferta musical muy amplia. Es muy familiar, para estar a gusto”, explica Antonio José Olmo, cantante de la banda Son de Nadie. La expresión mestiza y la fusión de culturas retratan a Antonio, que suele airear los tesoros que trae de sus visitas a La Habana.
Las paredes del Patapalo están revestidas por banderas. “Pero las concebimos como colores”, aclara Antonio. “Representan la festividad de la música”. Fiestas cubanas, argentinas, brasileñas… Al entrar, el público observar los murales elaborados por un autor que ha conseguido un ambiente único. “Ningún otro bar representa el abordaje de fiesta del Patapalo”, sentencia. ¿Clientes históricos? Extremoduro, Manu Chao o el actor Quique San Francisco. Patapalo era de los pocos espacios en los que sonaban propuestas radicales: Kortatu, La Polla Records, Barricada…
Eskorzo, unos habituales del Enano Rojo, en 2012.

Enano Rojo
El impresionante hongo del cartel en la calle Elvira es todo un clásico. Desde su fundación en 1995, el local ofrece momentos de excitación rockera, frenesí negroide, sabor a cerveza y embriaguez de mojito. Su pasado está directamente ligado al hard-rock y a la cultura “trash”. Suenan canciones de The Cult, Motörhead y Slayer. También se fogueó aquí el reggae revisionista de Red Soul Comunity. Y Rubem Dantas, el percusionista brasileño de Paco de Lucía y Camarón, ha ejercido de profesor allí.

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