jueves, 8 de junio de 2017

La república de las aulas granadahoy.com

                                                                       TRIBUNA


VÍCTOR J. VÁZQUEZ
Profesor de Derecho Constitucional


No es casualidad que de las aulas del profesor Chartier surgiera buena parte de lo mejor que la cultura francesa dio en el pasado siglo

La república de las aulas
Émile-auguste Chartier, conocido por su seudónimo periodístico como Alain, fue ante todo un profesor de liceo y un republicano. En esta doble condición, la mayoría de su obra, compuesta por más de tres mil artículos en prensa, tuvo una clara obsesión que fue la de explicar el vínculo entre republicanismo y rebeldía, un vínculo que sólo se podría llegar a entender desde las aulas. Para Chartier la escuela era un lugar en el que se debía rendir culto a la verdad pero siempre sin olvidar que es precisamente la duda aquello que constituye la esencia de la virtud humana. Tan importante era así inculcar la desinteresada entrega al saber científico, desterrando todo atavismo de superstición, como instruir a los alumnos en la necesidad de mantener una conciencia alerta frente a la peor necedad, que es la que padece quien ha creído encontrar en lo que otro dice o en lo que él mismo cree, un parámetro inmutable y cierto para juzgar la bondad y belleza de las cosas. Este ideal de alumno del profesor Chartier se correspondía, sin duda, con el ideal de ciudadano de su heterónimo, el escritor Alain. Un ciudadano rebelde, radical frente a las desmesuras del poder, pero atento a la hora de no incurrir en la peor de las tentaciones que es la de la indulgencia correligionaria con los excesos de la propia revolución. El culto a la República requería el culto al sentido crítico y no a la propia facción, y era en este saber estar alerta ante las certezas que uno se representa donde Alain cifraba el sentido de la virtud ciudadana. No es casualidad que de las aulas del profesor Chartier surgiera buena parte de lo mejor que la cultura francesa dio en el pasado siglo; entre otras, las voces de Raymond Aron y de Simone Weil, cuyas biografías intelectuales, siempre en conmoción -de la militancia revolucionaria al anticomunismo, el primero; de la acción política a la acción mística cristiana, la segunda- dejaron, más allá de una muestra heroica de compromiso antifascista, esa huella indeleble del pensamiento rebelde.
Esa forma de estar alerta del hombre rebelde era también para otro hijo de la mejor tradición republicana, Albert Camus, aquella que, en último término, permite a los pueblos zafarse de los yugos que el Estado quiere imponer bajo el disfraz paternalista de la ortodoxia. Como nos explica en ese impagable texto autobiográfico que es El primer hombre, Camus aprendió a ejercer su libertad en las aulas de Argel de las manos de su querido profesor Germain. Allí supo también del valor de la generosidad en el magisterio, del esfuerzo desinteresado por conocer, y, sobre todo, y por experiencia propia, hasta qué punto las aulas son, en realidad, el único ámbito desde el que extirpar de raíz el mal atávico de la desigualdad.
La república de las aulas está en horas bajas. Si antes el pensamiento conservador veía en este ideal republicano una afrenta a ese derecho natural de padres e iglesias a educar a sus hijos en su propia ortodoxia, hoy es la idea mercantil de productividad la que se esgrime para desterrar todo aquello que se considera "un saber inútil", como los estudios clásicos o la filosofía, cercenando así, al mismo tiempo, la posibilidad de los alumnos de acercarse a esa virtud que, como nos recuerdan Steiner u Ordine, sólo se aprende en la desinteresada entrega al conocimiento, y que está detrás de buena parte de los grandes logros que ha dado la humanidad en todos los campos. En el pensamiento progresista, por su parte, se ha ido consolidando la falacia de que la cultura del esfuerzo y del mérito es una reliquia conservadora, cuando es ésta precisamente la que se encuentra en el corazón del igualitarismo republicano. No es sino a quien desde más abajo parte a quien más le interesa toparse con un profesor Germain que le obligue a cultivar su talento. El rechazo paranoico a todo tipo controles o reválidas a los alumnos es así, no solo exponente del callejón sin salida en el que se encuentra esta discusión para buena parte de la ortodoxia progresista, sino también de la propia, e infundada, desconfianza que se tiene en las capacidades de profesores y alumnos, desconfianza a menudo disimulada bajo la falsa disyuntiva entre la educación emocional y la búsqueda de la excelencia: como si los alumnos finlandeses fueran todos brillantes pero depresivos.
En estos tiempos donde avasallados por la información todos estamos más expuestos a la mentira, y cuando nuestra especie tiene ante sí el reto de determinar su propia evolución y destino, sólo una educación exigente puede librar a la ciudadanía de ser presa de mezquindades y vasallajes. Sólo a través de ella el narcisismo revolucionario y nihilista podrá ceder ante un heroísmo tan rebelde y discreto como el de aquel médico de Camus que cumplió con su deber durante la peste. Las aulas, antes que el Rey, deberían ser hoy la primera preocupación de aquellos que se dicen republicanos. Y no lo son.

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